Gregorio Selser.Artículo:Argentina,”limpiar servicios”…

Deja un comentario


Prensa Latina – México
El Día – México
1-12-83

Argentina: Limpiar “los servicios”, antes que amenazar a la ciudadanía.

Las desafortunadas expresiones del próximo ministro del Interior, doctor Antonio Tróccoli, que incluyeron amenazas contra la presunta futura actuación de lo que designó como “extrema izquierda”, tiene como petición de principio la exigencia de que caracterice apropiada y específicamente a esa ambigua orientación ideológico-política, máxime si le consta, sin haber llegado aún a su alta función pública junto al presidente constitucional Raúl Alfonsín, que aquélla se va a unir “tácticamente” con 105 grupos extremistas de derecha “para perturbar, interferir y desestabilizar” al nuevo gobierno.

Se trata de una afirmación cuya gravedad inocultable demanda todas las precisiones de una denuncia formal y responsable. Lo contrario equivaldría a recurrir a las antiguas artimañas de la desinformación y la mentira abierta o solapada en la que han hozado durante décadas los llamados “servicios de inteligencia” de las fuerzas armadas y de las múltiples policías y organismos de “seguridad del Estado” en Argentina. Si al doctor Tróccoli tiene ya información y pruebas de lo que tácitamente unificó como un haz de conjura entre las izquierda y derecha extremistas, el terrorismo, la pornografía y la droga, su deber, ya mismo, es proporcionar esas pruebas a la justicia para que proceda sin demora contra los complotistas.

Llamarse a silencio después de este desparramo de heces con ventilador, supone de entrada repetir el vituperable juego del que resultaron víctimas pueblo y gobiernos de Argentina en las décadas recientes. Presento como primer testigo de cargo contra esta y clase de juegos de ambigüedades y patrañas a la propia Unión Cívica Radical (UCR), cuyo gobierno, personificado en el doctor Arturo U. Illia fue desestabilizado por la mafia sindical, los militares, los curas y ciertas corporaciones transnacionales en 1966. Mediante esos juegos caballeros de industria y “genios” del periodismo como Jacobo Timerman, en el curso de seis meses, como le consta al doctor Tróccoli, convirtieron a uno de los gobiernos constitucionales más honestos y progresistas de la historia nacional en algo digno de lástima y de risa. La conversión de la imagen hizo posible el vil cuartelazo del general Juan Carlos Ongania, con las consecuencias que se siguen padeciendo hasta el día de hoy.

Puedo presentarme también a mí mismo como testigo de cargo. Durante varios meses, a continuación de ese cuartelazo, investigué los orígenes verdaderos de ese cuartelazo, así como los modos y tretas que utilizaron, para propinarlo, sus principales protagonistas. El resultado de esa investigación se publicó, también durante meses, con el título “El golpe contra Illia”, en la única publicación que en los años 1966 a 1971 hizo oposición frontal a los regímenes militares de Ongania, Levingston y Lanusse: se llamaba Inédito y la financiaba el Comité de la Provincia de la UCR, con la discreta dirección del hoy presidente de la Nación, doctor Raúl Alfonsín. Inédito dejó de publicarse precisamente cuando el doctor Alfonsín perdió, en las elecciones internas del radica1ismo, la conducción de esa parcela partidaria provincial; el sector que se le oponía, del caudillo García Puente, negó toda nueva subvención a la revista y ésta feneció de muerte no natural.

Puedo presentarme como testigo porque esa serie y muchas otras crónicas sobre el régimen de quien derrocó a Illia integraren dos tomos titulados El Onganiato (Samonta Editor, Buenos Aires, 1973) y los ejemplares residuales fueron incinerados por el régimen bestial de Videla y Viola al que insistimos en seguir caracterizando como El septenio infame de la guerra sucia. Otros ejemplares fueron a dar al llamado “Museo de la Subversión” que aún funciona en la guarnición militar de Campo de Mayo, a pesar de que esos libros eran una exaltación del gobierno constitucional de Illia y al propio tiempo una constante execración de los verdaderos subvertidores del orden, la paz y la convivencia nacional: los militares.

Puedo presentarme, otra vez, como testigo, en un episodio en el que el propio doctor Tróccoli intervino en favor de mi libertad, en su condición de diputado nacional. En la segunda quincena de febrero de 1976, al regreso de un viaje al Perú, viaje de terapia recomendado por mi cardiólogo, agentes del Servicio de Informaciones de Estado (SIDE), el organismo de “inteligencia” dependiente del Ministerio del Interior, dispusieron mi “demora” en una celda de la prisión que funciona en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Me hicieron creer que en otras celdas “en algún otro lugar” estaban igualmente presas mi esposa y una hija mía menor de edad. Ezeiza, reténgase el dato, era entonces la zona en la que aparecían desde un año antes, acribillados a balazos, los cuerpos víctimados por organizaciones terroristas semioficiales como la “Triple A” o de los “servicios de inteligencia” militares y policiales que hacían sus ensayos de la que iba a ser poco después la “Guerra Sucia”.

Se me mantuvo incomunicado durante unas dieciocho horas, sin proporcionarme agua ni alimento alguno. No se me tocó un pelo, pero el juego sádico de hacerme suponer que habían sido “desaparecidos” mi esposa y mi hija fue peor que la tortura física. Después, durante una hora, se me sometió a un interrogatorio vejaminoso y humillante, que en verdad sólo se proponía -incluido el juego del policía bueno y el policía malo- hacerme “cantar” si en verdad mi viaje a Lima no había sido sólo una escala hacia La Habana. Sin necesidad de recurrir a mi prisión y al castigo psicológico de la incomunicación, ni a la sádica treta sobre “lo que hacemos en los bosques de Eseisa”, desde el comienzo y/en menos de cinco minutos de plática habrían obtenido la misma respuesta negativa lograda después de su “hábil interrogatorio”, a cuyo término los policías a modo de intimidación disuasiva hicieron una marca en el pasaporte, de cierta connotación siniestra. Mi ilegal prisión no llegó a las 24 horas, y sólo al notificárseme mi libertad se me dijo que mi esposa y mi hija no habían sido detenidas en momento alguno. Al día siguiente me informa de que, entre los muchos que se preocuparon por mi situación y demandaron mi libertad -incluso desde México y Estados Unidos- estuvo el diputado Antonio Tróccoli, hoy ministro del Interior del inminente gobierno de Raúl Alfonsín.

Estos recuerdos tienen ahora vigencia en relación con las declaraciones reproducidas en nuestra crónica de ayer sobre los anuncios hechos por el citado futuro ministro, porque entiendo que hoy más que nunca importa ser claros y precisos en materia de lenguaje de política y de ideología, no menos que de programas de acción y de gobierno. Las anfibologías, ambigüedades, alusiones y medias tintas deben ser de una vez y para siempre desterradas del lenguaje oficial. No basta con que se anuncien modificaciones semánticas como esa de trocar “represión” por “prevención”, si al propio tiempo no se extirpan de raíz todos los instrumentos y herramientas militares y policíacas que dieron tan trágica fama a la Argentina de “El Septenio Infame”. No podrá haber limpieza verdadera, ni cambio posible, especialmente en la moral pública, si no se comienza con la erradicación de los vicios, torcimientos, modos y expresiones criminales, ilegales y anticonstitucionales típicos de los años militares y policiales. Lo cual bien podría llevarnos a ejemplos instaurados a partir del 6 de septiembre de 1930, fecha en la que -y no es tampoco casual- fue derrocado por militares el gobierno constitucional de la UCR presidido por Hipólito Yrigoyen.

Tengo en lo personal, como una buena parte de la ciudadanía argentina, sobradas razones para desconfiar de quienes azuzan fantasmas improbables en lugar de aplicarse a la denuncia -y al compromiso de lucha- contra los reales factores del desastre y el infortunio nacionales. Me molestarían menos los jovencitos rocanrroleros que quizás fuman mariguana, o los adolescentes que pudieran sentirse atraídos por revistas pornográficas, todos ellos pasibles de cambio por educación, que no los irremediables torturadores y asesinos, sádicos y “desaparecedores” que puedan permanecer en los cuadros de oficiales, suboficiales o simples agentes de las fuerzas armadas y de seguridad, so capa de que siguen siendo necesarios para combatir la “subversión” y el “terrorismo”.

Porque no hay peores terroristas y subvertidores del orden democrático y violadores de las leyes e instituciones republicanas, que toda esa hez uniformada o de civil que estuvo al servicio de los siete peores y más envilecidos años de la historia argentina. Bueno sería que el doctor Tróccoli comenzara a hacer a limpieza y claridad en esa dirección…

Gregorio Selser. Artículo: Honduras ocupada…

Deja un comentario

archivo-selser
Prensa Latina – México
El Día – México
1-8-83

Honduras ocupada: ¿Sabrán los reclutas por qué deberán pelear? Claro que no.

En el libro de memorias Embajador de carrera, de Willard L. Beaulac, figuran no pocas líneas dedicadas a ciertas particularidades de la política hondureña de principios de siglo, y a cómo la idiosincrasia de la población local se ajustaba a las mudables contingencias de los gobiernos civiles y militares. Nada dice de las razones por las que eran frecuentes las guerras civiles, azuzadas como era no sólo por las ambiciones de los caudillos sino porque, para satisfacerlas, las dos empresas bananeras más importantes del país, la United Fruit y la Cuyamel Fruit, proporcionaban dinero y pertrechos bélicos a las distintas facciones.
A Beaulac le tocó asistir a la guerra civil de 1924, en cuyo transcurso desembarcaron los marines en Amapala y se instalaron en Tegucigalpa, capital que estaba sitiada por tropas contrarias al gobierno. A Beaulac le había impresionado la exactitud con que el escritor O. Henry había descripto, en su libro Cabbages and Kings (Coles y reyes), los aspectos satíricos y caricaturescos más notables de su estancia en Honduras, a la que llamaba “Anchuria”. Consideraba que la pintura de O. Henry era acertada, que “era imposible ignorar la comedia” de las revueltas, que “muchos, quizás la mayoría de los hombres que constituían los ejércitos litigantes, no sabían por qué peleaban” y que “muchos murieron por una causa que probablemente creían gloriosa”.
Lo que le tocó observar a Beaulac como vicecónsul en Puerto Castilla resultó estar bastante próximo a la tragicomedia. Anotaría en sus memorias: “Existía una tendencia a ridiculizar las revoluciones centroamericanas”. También registró: “Aunque conocía muy bien la comedia que era inseparable de todo el proceso, me hallaba principalmente consciente de su tragedia”. El aspecto trágico lo enfocó en el incendio de La Ceiba: “Hubo muchas muertes y las pérdidas en propiedades eran muy elevadas y esto sucedía en un país que ya estaba empobrecido y acosado por las deudas, principalmente como resultado de sus primeras guerras civiles […] La historia no era reconfortante”. La parte ridícula o caricaturesca iba anexa al drama. El siguiente es un trozo de su experiencia en Honduras, referente a la composición de los ejércitos locales:
“Muchos peleaban por el placer de luchar […] a muchos le interesaba principalmente, lo que era natural dadas las circunstancias, estar del lado del vencedor; y cuando cambiaba la corriente de la batalla, la deserción hacía el lado más fuerte era casi total. La mayoría de los soldados eran reclutados y no usaban uniforme. Un bando se distinguía del otro por los brazaletes que usaban los soldados. Generalmente, a los soldados no se los conocía como liberales o conservadores sino como Azules y Colorados. No era extraño que un soldado Azul llevara en su bolsillo un brazalete de los Colorados y viceversa, y no vacilaban en cambiárselo cuando llegaba el momento. Puerto Castilla cambió eventualmente de manos mediante el recurso de cambiarse de brazaletes.”
Cuando La Ceiba cayó en manos de los rebeldes -generales Tosta, Ferrera y Carías- se descontó que lo mismo pasaría pronto con Puerto Castilla. Beaulac y el cónsul de Gran Bretaña lograron, con apoyo de la compañía United Fruit, que el representante del gobierno a pactar la rendición, previniéndose a cualquier contingencia bélica en el lugar. Sacaron de la cárcel local a un dirigente revolucionario y se entablaron las pláticas: “Después de alguna discusión, en la que todos asumieron una actitud extraordinariamente acomodaticia, se convino un protocolo para la rendición […] La tropa debería dejar las armas, y aquellos que optaran por la causa revolucionaria estarían en libertad de unirse a ella. Los otros serían dados de baja. Todos los presos políticos serían puestos en libertad.”
Al tiempo que Beaulac llamaba por radiograma un barco de guerra de la Banana Fleet o Flota de las Bananas, el representante del gobierno cumplía la parte que le tocaba del pacto. A poco le informó “que un considerable grupo de soldados se habían negado a entregar las armas y se hallaban dedicados a saquear la ciudad. Primeramente habían irrumpido en una cantina para ‘alcoholizarse’ debidamente. El sonido de los rifles y de los gritos de la tropa rebelde llegaban hasta nosotros […] El comandante revolucionario había tenido poco éxito al tratar de controlar a sus propios partidarios, y mucho menos a esos soldados que se habían negado a entregar sus armas y a los otros elementos desordenados que habían aguardado su oportunidad para dedicarse al saqueo. Grupos de hombres armados, en diversos grados de embriaguez, saqueaban las tiendas y en algunas oportunidades se tiroteaban recíprocamente de una manera desorganizada.”
En medio de ese desorden llegó un buque de la Armada estadunidense: “Ví el panorama más hermoso que jamás hombre alguno tuvo el privilegio de ver. Allí estaba el destroyer norteamericano con la bandera ondulando gallardamente sobre su popa […] La noticia de la llegada del barco había cundido como por arte de magia. El nuevo comandante militar había puesto patrullas en las calles, el pillaje había cesado y era evidente que la crisis había pasado”. Cayó el gobierno después de que medió en el conflicto un enviado especial del presidente Calvin Coolidge, el muy conocido Sumner Welles. Se convirtió en presidente provisional el general Tosta, quien convocó a elecciones y en febrero de 1925 asumió el presidente electo, Miguel Paz Barahona, casualmente perteneciente al mismo bando conservador de los insurgentes, o dicho de un modo más claro, al bando que respaldaba la United Fruit Company en contra de la Cuyamel Fruit Company de Samuel Zemurray.
Todavía iban a producirse nuevos episodios de insurrección, pero esa cruenta guerra civil terminó aquel año. Comenta Beaulac: “La revolución, por supuesto, deja sus consecuencias inevitables de antagonismos y de violencias […] No todos los bandos e individuos aceptaron plenamente la autoridad del gobierno, y a veces era difícil saber en qué lado se hallaba la lealtad de la gente”.
La descripción corresponde a la tercera década de este siglo, pero siguió siendo bastante válida hasta las recientes décadas, hasta que la profesionalización de las fuerzas armadas hizo que los cuartelazos e insurrecciones, que siguieron produciéndose, adquirieran formas más “científicas” y orgánicas.
Sin embargo, la observación esencial de Beaulac acerca de los soldados hondureños sigue siendo básicamente la misma hoy día. Como una prueba de ello proporcionamos por separado la reproducción fotostática de una crónica publicada por el periódico Tiempo de San Pedro Sula, Honduras, fechada el 20 de junio último, donde se describe de qué modo las fuerzas armadas que comanda el general Gustavo Álvarez Martínez recluta por la fuerza a quienes serán los futuros soldados de la patria, y quizás la carne de cañón de que se valdrá Estados Unidos para agredir a Nicaragua.

Gregorio Selser. Artículo periodístico

Deja un comentario

Prensa Latina – México
El Día – México
2-4-83

Honduras: “Time” y “Times” coinciden en lo de las bases de somocistas.

El semanario Time, en su edición de fecha antedatada del próximo lunes (George Russell, Bernard Diederich y James Willwert, “Nicaragua’s Elusive War. A guerilla struggle raises charges of covert U. S. involvement”, 4 de abril de l983, pp. 24-25), coincide en lo fundamental con el periódico The New York times Stephen Kinzer, “At a Border Camp in Honduras, Anti-Sandinists Are Ware of Visit”, 28 de marzo de 1983, pp. 1 y 3) en lo de revelar, y sin medias tintas ni referencias ambiguas, en lo que no es un secreto ni en Washington ni en Centroamérica: Honduras continúa siendo -como lo es desde la primera mitad de l982- la base de operaciones y de lanzamiento de mercenarios de distintas nacionalidades, en contra del gobierno revolucionario de Nicaragua.
Tiene mayor ventaja en cuanto al aporte de datos específicos la crónica de Stephen Kinzer, despachada el 27 de marzo desde Matasano, Honduras, enriquecida con un mapa ad hoc:
“Nicaragüenses descriptos como insurgentes que combaten para a derrocar al gobierno sandinista de Managua parecen estar operando desde un campamento situado en los montes cercanos a este caserío próximo a la frontera. El campamento, hacia el cual un reportero fue conducido el sábado (26 de marzo) por resientes locales, está en la provincia (departamento) de El Paraíso, aproximadamente a una milla de un polvoriento camino que corre desde la fronteriza población de Cifuentes hasta la principal ciudad de la región, Danlí. Está ubicada a unas ocho millas de la frontera con Nicaragua si uno hace el recorrido a pie, de acuerdo con los que residen en las cercanías.
“La base está conformada por más de una docena de grandes tiendas de campaña, instalada cerca de una cabaña de adobe repleta de cajas de madera sin abrir, indicadoras de que su contenido es el de armas fabricadas en Estados Unidos. De acuerdo con los rótulos en inglés que ostentan las cajas, su contenido incluye granadas de fragmentación y proyectiles de morteros. La ubicación de la base es conocida por algunos soldados hondureños en el área, la que parece estar operando con su aquiescencia.
“Honduras ha negado repetidamente la existencia de tales campamentos. En una declaración de la semana pasada el Gobierno afirmó: ‘Es absolutamente falso que guerrillas antisandinistas tengan bases en Honduras o que hayan usado su territorio para lanzar ataques contra el. régimen del vecino país’. En la misma declaración, Honduras reiteró su oferta de ‘someterse a una supervisión internacional seria y abierta para demostrar que en su territorio no hay bandas armadas o facciones hostiles a cualquier país o gobierno’.
“Sin embargo, dos soldados hondureños estacionados en las cercanías, afirmaron que ellos y sus camaradas compartían ‘un sentimiento de fraternidad’ con la gente del campamento, a la que describieron como insurgentes antisandinistas, por lo que en consecuencia les ayudaban a obtener comida y otros elementos. Añadieron que ignoraban desde cuándo estaba en operaciones el campamento, pero dijeron que ya existía cuando fueron asignados al área, en diciembre (de 1982).
“Interrogado la semana pasada respecto de las acusaciones nicaragüenses de que los Estados Unidos respaldaban la lucha insurgente para derrocar al gobierno sandinista, el embajador John D. Negroponte respondió: ‘No voy a hacer comentarios sobre historias hipotéticas respecto de acusaciones de que nosotros estamos involucrados de alguna manera con los antisandinístas’. Mr. Negroponte no estaba hoy disponible para ser consultado, pero el subjefe de la misión diplomática, Shepard Lowman, dijo que él no estaba ‘en condiciones de prestarle ayuda en esa materia’. Tampoco estuvieron disponibles funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de Honduras.
“Para llegar hasta el campamento desde el camino, los visitantes deben abrir un claro en la espesura y cruzar un campo donde pasta el ganado. De acuerdo con los soldados y vecinos, ese campo es de propiedad de una compañía mantequillera hondureña. Al caer la noche, el sábado, nuestro automóvil que marchaba hacia el campamento fue detenido por un guardia uniformado que portaba un rifle Ak-47 (de fabricación rusa, un arma standard fácilmente comprable en el mercado negro, del mismo modo que ciertas armas estadunidenses. Después de que el guardia fue persuadido de permitir el paso del coche, pudimos ingresar en el campamento.
“Unos quince hombres y una mujer en uniforme, junto con varios hombres y mujeres en prendas civiles, vagaban en los cercanías de la barraca que sirve como depósito de provisiones del campamento. Portaban una variedad de armas automáticas. En la entrada un arma lanzagranadas M-79 fabricada en Estados Unidos estaba apoyado sobre algunas cajas cerradas que indicaban, en idioma inglés, que contenían proyectiles de morteros.
“Los hombres fueron reacios a responder preguntas, alegando que su jefe no estaba en la base y que se había ido por una semana como mínimo. Preguntados por su nacionalidad, uno de ellos dijo: ‘Somos todos nicaragüenses’. Dijeron que no habían participado en la revolución sandinista de 1979, ni en favor de ésta ni como miembros de la Guardia Nacional que comandaba Anastasio Somoza Debayle, quien fuera después asesinado en Paraguay.
“Dentro de la barraca de adobe, se apilaban a lo alto cajas ce madera. De acuerdo con sus etiquetas, muchas de las cajas contenían 30 granadas de fragmentación cada una. Otras estaban marcadas como conteniendo proyectiles para morteros M-2 ó M_l9. Más de una docena de amplias tiendas de campaña estaban ubicadas en la vecindad. Soldados hondureños familiarizados con la región dijeron haber visitado la base en momentos en que más de 100 insurgentes acampaban en ella. El campo tiene una antena de radio y está equipado con un generador de electricidad. Los hombres se rehusaron a dar sus nombres o a revelar de dónde procedían sus equipos, armas y municiones.
“El domingo por lo mañana (27 de marzo) un reportero y un fotógrafo procuraron entrar de nuevo al campamento. En cuanto emprendieron el viaje fueron detenidos por un grupo hostil de ocho personas, tres de ellas armadas con armas automáticas y una con insignias de ‘capitán’. Ellos recriminaron a los visitantes por hallarse en el lugar y exigieron saber sus motivos. ‘Esta es un área totalmente restringida’ -dijo el hombre que parecía el capitán mientras que los otros junto a él esgrimían nerviosamente sus rifles. ‘Ustedes no deben volver jamás por este camino’. Preguntado sobre cuándo regresaría el comandante, el hombre respondió: ‘No hay ningún comandante. Aquí no hay nada’.
“Dicen los soldados hondureños de la región que han oído hablar de por lo menos otro campamento además de ese en el que estábamos, pero estaban inseguros acerca de su ubicación precisa. Agregaron que otros campamentos que funcionaron anteriormente en la zona habían desaparecido, y especularon que los hombre que los combatiendo habían ocupado se hallaban ahora combatiendo en Nicaragua.
“Refugiados nicaragüenses que combatieron en Nicaragua y se radicaron en ciudades cercanas dijeron no haber visto insurgentes antisandinistas desde que llegaron a Honduras y que no sabían de la existencia de bases insurgentes dentro de Honduras. Pero refugiados que fueron entrevistados en campos de las ciudades de Danlí y Jacaleapa, hablaron con admiración de los rebeldes que combaten en Nicaragua. “La crónica de Kinzer en el New York Times tiene, además de un mapa ilustrativo de la zona de Honduras que visitaron, una fotografía de Ken Singleton que le muestra platicando con soldados que les impidieron regresar al campamento. Sus datos, así como las referencias que en la misma semana proveyó el semanario Time, son una prueba más de la existencia de tales campamentos que no son de refugiados sino bases de comunicación y aprovisionamiento de los mercenarios que operan ya dentro de Nicaragua, con financiamiento público de la CIA y protección vergonzante del gobierno y las fuerzas armadas de Honduras.