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Prensa Latina – México
El Día – México
1-8-83

Honduras ocupada: ¿Sabrán los reclutas por qué deberán pelear? Claro que no.

En el libro de memorias Embajador de carrera, de Willard L. Beaulac, figuran no pocas líneas dedicadas a ciertas particularidades de la política hondureña de principios de siglo, y a cómo la idiosincrasia de la población local se ajustaba a las mudables contingencias de los gobiernos civiles y militares. Nada dice de las razones por las que eran frecuentes las guerras civiles, azuzadas como era no sólo por las ambiciones de los caudillos sino porque, para satisfacerlas, las dos empresas bananeras más importantes del país, la United Fruit y la Cuyamel Fruit, proporcionaban dinero y pertrechos bélicos a las distintas facciones.
A Beaulac le tocó asistir a la guerra civil de 1924, en cuyo transcurso desembarcaron los marines en Amapala y se instalaron en Tegucigalpa, capital que estaba sitiada por tropas contrarias al gobierno. A Beaulac le había impresionado la exactitud con que el escritor O. Henry había descripto, en su libro Cabbages and Kings (Coles y reyes), los aspectos satíricos y caricaturescos más notables de su estancia en Honduras, a la que llamaba “Anchuria”. Consideraba que la pintura de O. Henry era acertada, que “era imposible ignorar la comedia” de las revueltas, que “muchos, quizás la mayoría de los hombres que constituían los ejércitos litigantes, no sabían por qué peleaban” y que “muchos murieron por una causa que probablemente creían gloriosa”.
Lo que le tocó observar a Beaulac como vicecónsul en Puerto Castilla resultó estar bastante próximo a la tragicomedia. Anotaría en sus memorias: “Existía una tendencia a ridiculizar las revoluciones centroamericanas”. También registró: “Aunque conocía muy bien la comedia que era inseparable de todo el proceso, me hallaba principalmente consciente de su tragedia”. El aspecto trágico lo enfocó en el incendio de La Ceiba: “Hubo muchas muertes y las pérdidas en propiedades eran muy elevadas y esto sucedía en un país que ya estaba empobrecido y acosado por las deudas, principalmente como resultado de sus primeras guerras civiles […] La historia no era reconfortante”. La parte ridícula o caricaturesca iba anexa al drama. El siguiente es un trozo de su experiencia en Honduras, referente a la composición de los ejércitos locales:
“Muchos peleaban por el placer de luchar […] a muchos le interesaba principalmente, lo que era natural dadas las circunstancias, estar del lado del vencedor; y cuando cambiaba la corriente de la batalla, la deserción hacía el lado más fuerte era casi total. La mayoría de los soldados eran reclutados y no usaban uniforme. Un bando se distinguía del otro por los brazaletes que usaban los soldados. Generalmente, a los soldados no se los conocía como liberales o conservadores sino como Azules y Colorados. No era extraño que un soldado Azul llevara en su bolsillo un brazalete de los Colorados y viceversa, y no vacilaban en cambiárselo cuando llegaba el momento. Puerto Castilla cambió eventualmente de manos mediante el recurso de cambiarse de brazaletes.”
Cuando La Ceiba cayó en manos de los rebeldes -generales Tosta, Ferrera y Carías- se descontó que lo mismo pasaría pronto con Puerto Castilla. Beaulac y el cónsul de Gran Bretaña lograron, con apoyo de la compañía United Fruit, que el representante del gobierno a pactar la rendición, previniéndose a cualquier contingencia bélica en el lugar. Sacaron de la cárcel local a un dirigente revolucionario y se entablaron las pláticas: “Después de alguna discusión, en la que todos asumieron una actitud extraordinariamente acomodaticia, se convino un protocolo para la rendición […] La tropa debería dejar las armas, y aquellos que optaran por la causa revolucionaria estarían en libertad de unirse a ella. Los otros serían dados de baja. Todos los presos políticos serían puestos en libertad.”
Al tiempo que Beaulac llamaba por radiograma un barco de guerra de la Banana Fleet o Flota de las Bananas, el representante del gobierno cumplía la parte que le tocaba del pacto. A poco le informó “que un considerable grupo de soldados se habían negado a entregar las armas y se hallaban dedicados a saquear la ciudad. Primeramente habían irrumpido en una cantina para ‘alcoholizarse’ debidamente. El sonido de los rifles y de los gritos de la tropa rebelde llegaban hasta nosotros […] El comandante revolucionario había tenido poco éxito al tratar de controlar a sus propios partidarios, y mucho menos a esos soldados que se habían negado a entregar sus armas y a los otros elementos desordenados que habían aguardado su oportunidad para dedicarse al saqueo. Grupos de hombres armados, en diversos grados de embriaguez, saqueaban las tiendas y en algunas oportunidades se tiroteaban recíprocamente de una manera desorganizada.”
En medio de ese desorden llegó un buque de la Armada estadunidense: “Ví el panorama más hermoso que jamás hombre alguno tuvo el privilegio de ver. Allí estaba el destroyer norteamericano con la bandera ondulando gallardamente sobre su popa […] La noticia de la llegada del barco había cundido como por arte de magia. El nuevo comandante militar había puesto patrullas en las calles, el pillaje había cesado y era evidente que la crisis había pasado”. Cayó el gobierno después de que medió en el conflicto un enviado especial del presidente Calvin Coolidge, el muy conocido Sumner Welles. Se convirtió en presidente provisional el general Tosta, quien convocó a elecciones y en febrero de 1925 asumió el presidente electo, Miguel Paz Barahona, casualmente perteneciente al mismo bando conservador de los insurgentes, o dicho de un modo más claro, al bando que respaldaba la United Fruit Company en contra de la Cuyamel Fruit Company de Samuel Zemurray.
Todavía iban a producirse nuevos episodios de insurrección, pero esa cruenta guerra civil terminó aquel año. Comenta Beaulac: “La revolución, por supuesto, deja sus consecuencias inevitables de antagonismos y de violencias […] No todos los bandos e individuos aceptaron plenamente la autoridad del gobierno, y a veces era difícil saber en qué lado se hallaba la lealtad de la gente”.
La descripción corresponde a la tercera década de este siglo, pero siguió siendo bastante válida hasta las recientes décadas, hasta que la profesionalización de las fuerzas armadas hizo que los cuartelazos e insurrecciones, que siguieron produciéndose, adquirieran formas más “científicas” y orgánicas.
Sin embargo, la observación esencial de Beaulac acerca de los soldados hondureños sigue siendo básicamente la misma hoy día. Como una prueba de ello proporcionamos por separado la reproducción fotostática de una crónica publicada por el periódico Tiempo de San Pedro Sula, Honduras, fechada el 20 de junio último, donde se describe de qué modo las fuerzas armadas que comanda el general Gustavo Álvarez Martínez recluta por la fuerza a quienes serán los futuros soldados de la patria, y quizás la carne de cañón de que se valdrá Estados Unidos para agredir a Nicaragua.

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